EL “MUNDO” DE LOS LIBROS
Por: Lic. Orlando Porta. CCR.
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«Todos los hombres desean por naturaleza saber. Así lo indica el amor a los sentidos; pues, al margen de su utilidad, son amados a causa de sí mismos, y el que más de todos, es el de la vista». Así comienza el primer libro de aquel “complicado” tratado de Aristóteles que llamamos la Metafísica, es una frase sencilla pero a la vez increíblemente reveladora. Aunque seguramente viene espontánea la pregunta: “¿qué tiene que ver esto con los libros?”, obviamente, la relación no se encuentra en el hecho de que la frase se encuentra en un “libro”, sino en el contenido de esta. El sentido que más amamos es el de la “vista” como lo dice Aristóteles, a través de este maravilloso sentido podemos saber, conocer lo que nos rodea. Justamente en esto está la relación con los libros, que es el tema que nos interesa abordar. La vista no nos sirve solo para ver hacia donde nos dirigimos, que es lo que estamos haciendo, o para contemplar un bello paisaje o una pintura hermosa. Nos sirve para conocer y los libros nos permiten propiamente esto: conocimiento. Sin la vista ellos están muertos necesitan de ella para cobrar vida, o como sucede en el libro Corazón de tinta de Cornelia Funke, necesitan nuestra voz para cobrar vida y transportarnos a lugares que jamás habíamos pensado que podían existir. Recuerdo que mi primer acercamiento a los libros, y que no creo que haya sido distinto del de muchos de los lectores, fue en la secundaria; aunque ciertamente podríamos decir que ya desde el jardín de niños y la primaria, nos encontramos en relación con los “libros de texto”, pero no cuentan del todo, porque son más un material de apoyo que libros verdaderos. Pero bueno, recuerdo cómo los maestros, y sobre todo la maestra de la clase de español, nos pedía que leyéramos un libro, recuerdo haber leído un pequeño libro sobre la mitología griega que hasta ahora me ha quedado muy gravado en la mente por lo ameno de su lectura. Sin embargo llegaba el tiempo de la preparatoria, las escuelas superiores suelen ser mucho más exigentes en esta situación, la maestra de español y literatura nos pedía que leyésemos un libro cada mes y que le entregásemos el reporte de lectura, cosa que como podrá suponer el lector, no hice; pero como en esa edad y de ahí en adelante solemos ser bastante ingeniosos para ese tipo de cuestiones, yo al igual que otros compañeros acudíamos a la lectura de los resúmenes que es fácil encontrar en internet, cosa que nos permitía un pequeño vistazo del contenido del libro, pero que no obstante nos dejaba igualmente lejanos y extraños a él. Eso de tener que leer con fecha de entrega era una de los motivos más desalentadores para leer, y sin embargo la maestra hacía su trabajo y se esforzaba para que la lectura nos pareciese algo fabuloso. Para mí, el verdadero gusto a la lectura llegó en un verano en el que recibí un libro hoy bastante famoso: El Señor de los Anillos, del escritor Inglés J.J.R. Tolkien, era solo el primer volumen, el de la Comunidad del Anillo, pero recuerdo haber conseguido también el soundtrack de la película que ya por entonces yo como muchos había ya mirado. Empezó de ese modo la lectura de un libro que me queda marcado y que año con año continuo leyendo por completo. Por las noches antes de irme a dormir, acomodaba con cuidado mi lámpara, ponía el CD en el entonces usado discman, los mp3 aún no tenían tanta popularidad y difusión como lo es hoy en día, comenzaba la música y la lectura del libro. Es sin duda uno de mis mejores recuerdos, en esos momentos todo se detenía, y sin darme cuenta estaba dentro de la historia, mi alrededor parecía desaparecer en la pequeñez de las letras estampadas en el papel del libro. Los libros pueden realmente hacer esto. Hoy en día tenemos un increíble instrumento que maravilla nuestra vista, sin duda todos lo conocemos: el televisor, estimula nuestra vista hasta el punto máximo, hoy incluso con televisores en 3D hemos llegado a puntos donde el ojo percibe lo que le es transmitido, casi, como si lo hiciera en modo natural. Además, junto con este gran invento tenemos el “cine”. Si pudiésemos hacer un estudio de las películas que se han proyectado en el cine a partir de diez años atrás hasta el día de hoy, y esto en parte, gracias a la película de Peter Jackson, El Señor de los anillos basada en el libro antes mencionado, nos daremos cuenta que muchas de ellas son basadas en nada más y nada menos que en: ¡libros! Y no desprecio para nada el cine, antes bien soy un amante del cine, pero es cierto que hemos escuchado la frase, después de ir al cine: “está mejor el libro”. Y la verdad es que la gran mayoría de las veces, aunque puede haber sus pocas excepciones, los libros nos permiten una amplitud de visión mucho mayor. Las películas sin duda no pueden durar cuatro horas, sería demasiado tedioso y cansado. Por ello es necesario modificar el contenido de los libros para que pueda ser una película vendible al público. Con esto nos hemos “ahorrado” muchas horas de lectura, porque para muchos es válida la frase: “ah, es mejor ver la película, ¿para qué leer el libro?”, cierto, nos quita muchas horas de lectura. Pero la lectura nos hace descubrir cosas, imaginar cosas que nunca habríamos podido creer que saldrían de nuestra cabeza. Tanto en la televisión como en el cine recibimos las imágenes de aquello que el director se ha imaginado, es su “interpretación” de las cosas. Mientras que cuando leemos las páginas de un libro, son las palabras del autor, pero todos los detalles de las escenas y de los personajes son nuestros, son propios, es un mundo que nosotros inventamos y en el que estamos dentro. No nos es posible estar fuera de la escena, no es como en la televisión o el cine, en el que nosotros estamos del otro lado de la pantalla, en el libro, nosotros estamos en la escena, y no podemos no estar ahí. Retomando un pensamiento de Tolkien que aparece en su escrito: Árbol y hoja, podríamos decir que el autor del libro tiene una “intención” y plasma su pensamiento en las frases del libro, pero ese texto es tan rico que puede ir más allá de lo que el autor mismo pensaba plasmar, por lo que para cada uno de nosotros revela significados nuevos, que el autor no podía prever. Sin duda, cuando hablamos de textos meramente académicos, la situación cambia, pero como en muchas cosas, por medio de la práctica se puede llegar a leerlos fácilmente. Hemos perdido en gran medida el sentido de la imaginación, la televisión y los aparatos de transmisión nos lo dan todo, de modo, que nos es difícil imaginar cosas nuevas, cosas insólitas. Es necesario no perder la costumbre de leer, es necesario inculcarla, porque en cada libro está escondido un tesoro, que es necesario descubrir.